LA FRÁGIL OBSESIÓN DE COLECCIONAR

El encuentro con la colección de piedras del Museo Guggenheim Aguascalientes (2013-2015), reunida por el artista Rolando López, me lleva de inmediato a recordar que tengo media docena de piedras que he robado de lugares recónditos.

Comparo los centenares de piedras tóxicas que ha reunido Rolando, con la mínima colección que conservo en mi librero. Lo primero que noto es que mientras el artista ha tomado todas sus rocas de un mismo sitio, el Cerro de la Grasa en la ciudad de Aguascalientes, yo no puedo recordar el origen de cada una de mis piedras. Sin embargo, sí tengo claro de dónde tomé la primera: fue en un cementerio judío en la ciudad de Praga hace más de una década. Recuerdo el impacto que me generó saber que un gesto de respeto hacia los muertos, en la tradición judía, consistía en colocar una piedra sobre su tumba.

El dato no es menor, pues lo que me impulsó a tomar aquella piedra fue justo la idea de que se trataba de un objeto que vinculaba a nivel emotivo a una persona con un ser querido que había fallecido. Precisamente, lo especial de aquel pedazo mineral era que se trataba de una piedra escogida con anterioridad para mutar en una ofrenda mortuoria. O al menos así quise justificar mi pequeño desafío al profanar, con mi hurto, la memoria de aquel panteón.

Traigo a colación esta anécdota porque creo que hay algo emotivo en la decisión de Rolando López de reunir centenares de piedras y convertirlas en la materia prima de su proyecto Museo Guggenheim Aguascalientes, ya que al no conservarlas y sólo crear el registro documental de las rocas, el artista lleva al extremo la utopía de un museo dentro de un terreno de desechos tóxicos que fueron dejados hace un siglo, en Aguascalientes, por la Gran Fundición Central Mexicana (1894-1924), propiedad del empresario estadounidense Solomon Robert Guggenheim (1861-1949).

Cuando Rolando me invitó a conocer el Cerro de la Grasa, sede del proyecto, lo primero que me llamó la atención fue atestiguar la familiaridad que el artista tenía con aquellas rocas llenas de plomo, óxido y demás materiales nocivos para la salud. Esta experiencia se me quedó grabada por el miedo que sentía cuando estuve expuesto al peligro inminente de todos esos materiales, que sabía, por el propio Rolando, podían causar enfermedades como el cáncer.

Sin embargo, mi miedo se atemperaba cuando lo veía treparse y escalar aquel inabarcable cerro de piedras negras. Sus movimientos reflejaban una confianza natural que desafiaba la nociva toxicidad de las rocas. He insistido en compararlo con aquellos pintores decimonónicos que nunca dejaron de usar el venenoso blanco de plomo, por el simple hecho de que veían en su lienzo un blanco más puro. Rolando López descubrió de forma temprana que valía la pena arriesgarse a trabajar con los desechos tóxicos dejados por los Guggenheim. Esas nocivas piedras se convirtieron en su mejor herramienta como artista.

Pero también es importante recordar que las principales calles de Aguascalientes han sido rellenadas con estas piedras, e incluso, su profundo color negro ha sido tomado como un detalle decorativo en camellones, jardines y fachadas de decenas de casas e instituciones públicas que el artista ha ubicado en los alrededores del Cerro de la Grasa.

Parecerá una exageración, pero es posible decir que para cualquier habitante de la ciudad de Aguascalientes resulta familiar este cúmulo de desechos tóxicos, heredados desde hace más de cien años por la empresa propiedad de los Guggenheim.

El legado de desechos y escoria que dejó la Gran Fundición Central Mexicana es el leitmotiv de Rolando López; por ello, lo natural es que su imposible Museo Guggenheim Aguascalientes albergue como colección estas rocas, cuya documentación no es posible realizar bajo ningún esquema tradicional. Esto se debe a que son inexistentes las referencias a categorías o a colecciones previas, puesto que las rocas únicamente representan su propia materialidad como ofrenda mortuoria que evoca un sueño incumplido de desarrollo y progreso, el cual trajo a finales del siglo xix Solomon Robert Guggenheim, para causar un saqueo de los recursos naturales de la región y una sobreexplotación de la mano de obra local.

La historia de corrupción postcolonialista que el artista busca contar a través de la colección y la manipulación de estas piedras, es tan añeja y complicada que sólo la pudo narrar mediante el abuso de una noción igual de antigua y hegemónica como la de museo. Una institución estructuralmente vinculada al poder político y económico, cuyo intento de subversión, falsificación o confrontación puede ser tan ejemplar y efectivo como el anhelo revolucionario de desmontar al Estado.

Rolando López, al coleccionar un conjunto de piedras alejado del objetivo de estudiar o analizar sus propiedades, cualidades o características, pone en crisis la idea de colección y de cultura que por tradición se asocia a un museo. Y, si bien la medida de las fotografías se registra con una regla de diez centímetros, similar a la utilizada en el registro del patrimonio arqueológico, la clasificación se agota en un gesto documental.

Para Rolando, la “colección” del Museo Guggenheim Aguascalientes únicamente puede congregarse en un sitio, el Cerro de la Grasa, porque su preservación en el tiempo y su posible exhibición están necesariamente mediadas a la proyección del recinto dentro de la montaña de desechos tóxicos. Las rocas son fotografiadas, como se haría con cualquier acervo de minerales o de vestigios arqueológicos, con el fin de devolverlas después a su depósito original.

De este modo, la colección se materializa en su representación iconográfica y los objetos que, por medio de la fotografía, son particularizados y sumados al relato del Museo Guggenheim Aguascalientes, se reintegran de inmediato a la masa amorfa de residuos industriales. La colección se materializa y desmaterializa por decisión del propio artista. Y el proceso de legitimación de la colección recae en la construcción discursiva que propone López en su museotopía, por lo que es en este punto donde la obra despliega su mayor posibilidad para generar una crítica institucional.

Pero el proyecto Museo Guggenheim Aguascalientes suma otra capa, si se quiere histórica, al usar el artificio que hay detrás de la noción de museo para llamar la atención sobre el origen sucio de la riqueza de los Guggenheim. Así, el artista crea un puente estratégicamente desdibujado por la transnacional estadounidense, entre el fallido proyecto de desarrollo industrial de la ciudad de Aguascalientes en el siglo xix y la poderosa e influyente Solomon R. Guggenheim Foundation, icono de la cultura global del siglo xxi.

La inasible colección de piedras del Museo Guggenheim Aguascalientes sale a la luz pública en 2015, el mismo año que la Fundación Guggenheim presenta en el Museo Jumex de la Ciudad de México su colección de arte latinoamericano.

Las posibilidades críticas que esta coincidencia temporal abre son inmejorables, pues confronta el poderoso dispositivo cultural y financiero que ha exportado con éxito la fundación neoyorquina a todo el mundo, con un dispositivo artístico que se aprovecha del artefacto llamado museo para desarrollar actividades culturales dentro de una comunidad que no sólo está alejada a años luz del mainstream, sino que persigue objetivos tan simples y humanos como hacer la vida más llevadera en medio de esa concentración de desechos industriales.

Edgar Alejandro Hernández
Ciudad de México, diciembre de 2014

PEQUEÑA SELECCIÓN DE NUESTRA EXTENSA COLECCIÓN DE "AYERES"